domingo, 10 de abril de 2016

Holanda




Querido amor,

Quizás estarás prendiendo tu computadora para revisar los correos que has recibido, algunos del trabajo para coordinar las reuniones con los directores de proyectos mineros; otros de amistades que buscan, tal vez,  algún consejo porque siempre estas allí cuando te necesitan, intentando mejorar sus ánimos, aun si el tuyo no sea el mejor. Lo hacías conmigo cuando estresado quería renunciar al periódico y echar todo por la borda. Esas personas se habrán percatado de esa disposición tuya, en estos tiempos donde solo se escucha, pero sin prestar mucha atención en realidad. Tu buen ánimo fue lo que me acercó a ti, esa paz que iluminas permitió iniciar una conversación porque nunca tuve el valor de intentarlo; esa vez, al verte dentro del autobús y compartir asientos fue la excusa para entablar la conversación que nos unió. Confieso que me tomó quince días averiguar en la universidad tu ruta e inventar ese encuentro fortuito.

Lo curioso fue conocer tu nombre: Holanda. Siempre me preguntaba sobre la historia detrás de su elección y el por qué llamarte como el país de los tulipanes, de los quesos, de Van Gogh, de la eutanasia. Me contaste que tu padre, admirador de la Naranja Mecánica del 74, lo eligió porque guardaba en la memoria a ese equipo de Cruyff y compañía que practicaba el fútbol total, llegando a la final de la copa mundial contra Alemania Federal, donde Beckenbauer era el capitán. Nunca imaginé que el destino me pondría rumbo a este lugar de molinos y campos de ensueño a encontrar la cura a esta enfermedad que me deteriora el cuerpo día a día. Tengo cáncer.

Los diagnósticos fueron desalentadores: la enfermedad se ha expandido por todo el estómago comprometiendo la vesícula, riñones e hígado. Mi repentina pérdida de peso confirma que por dentro el deterioro es inminente. El cansancio no permitía que cierre las ediciones de fin de semana cuando llegaba a casa solo a dormir, no sin antes evacuar con sangre. No era estreñimiento: el daño avanza acabando con todo a su alrededor, y debía callar y llevar por dentro el dolor que ya no las tendría a mi lado. Esta decisión no ha sido a la ligera sino pensando en ustedes, mi familia, que dejo porque quiero que me recuerden como fui y no el cadáver que me estoy convirtiendo.

Recordaré los momentos que vivimos juntos, como cuando me enseñaste a bailar salsa. El tener dos pies izquierdos había hecho que lo pensara dos veces antes de ingresar a la pista de baile. Supuse que no haría el ridículo como la vez que terminé arrastrado en el piso por la mamá de un compañero de colegio cuando vio que era el único sin bailar y se ofreció a ser mi pareja. “No se preocupe, señora. Estoy bien así.” dije pensando librarme de ella, pero fue en vano porque agarró mi mano y al oponer resistencia, jaló con fuerza y mis pies no reaccionaron al mismo tiempo que mis piernas, enredándome y tropezando. Una vez en el suelo, limpie el lugar con mi camisa. La señora se detuvo a los diez pasos que para mi fueron diez cuadras. No olvido las risas de todos hasta ahora porque, estoy seguro, que fue en ese momento donde la palabra vergüenza empezó a acompañarme. Fue atroz. Y en ese instante, que me ofreciste tu mano para poder bailar, se me vino todo a la cabeza. No importó nada. Me armé de valor y empecé a moverme a tu ritmo.

Era curioso porque decías que el baile no era tu fuerte, pero allí estabas siendo la reina de la pista. Las personas alrededor miraban tus movimientos que me dejaban consternado mientras trataba, sin efecto, de no pisarte. Discúlpame, reina, pero solo fue por casualidad, y, lo confieso ahora, por tu pasado bailarín, en parte. En un futuro, la pequeña tendrá la mejor profesora de baile, de eso estoy seguro.

Holanda, no pienses que las he dejado a su suerte. Encontrarás en la cuenta de ahorros que tenemos juntos, lo necesario para la educación de nuestra hija y su sustento. Les dejo la parte de la herencia de mi abuelo y los dos departamentos en San Isidro para que los alquiles como acordamos tiempo atrás. Siempre fuiste buena en llevar la economía de nuestro hogar a flote, y es ahora, donde necesito más de tu apoyo. Lamento no estar allí en los próximos cumpleaños de nuestra pequeña, pero no deseo que las dos me vean en un féretro lúgubre a punto de ser enterrado, sino que sepan que estaré con ustedes siempre que me recuerden, a su lado.

Han sido muchas horas de vuelo y estoy a punto de aterrizar. Recuerdo que mi padre vino alguna vez a este país y le encantaron sus calles. Decía que parecían extraídas de libros de cuentos. Camino al hospital las recorreré pensando en ustedes, mis amores. Será el camino más largo que tome antes de este profundo sueño inducido por químicos al más allá. Siempre te busqué, Holanda, y te encontré. Gracias por este cuento de amor que me hiciste vivir día a día a tu lado, y por enseñarme que los pies izquierdos tienen solución en la pista de baile.

Tuyo por siempre,

Pedro 

miércoles, 17 de febrero de 2016

La primera vez

Solo es abrir la puerta del cuarto y empezar a caminar. El vestido azul me queda divino, como los ojos de ese actor que no recuerdo su nombre. Si estuviera aquí, le pediría que me lleve de la mano por toda la avenida. ¡Y este laceado que ya lleva una semana! No puede esperar. Hoy es el día, pero aún no lo sé. Una vez afuera, el camino se hará más fácil, tal vez. Las chicas no pueden estar equivocadas.

Esas miradas odiosas no pueden seguir afectándome. Estoy bonita y no luzco mal, como dice Isidro. Si no estuvieras a mi lado, créeme, no tendría el valor de hacer esto. Seguiría metido en ese disfraz con el cual me conociste: zapatillas Converse, polos anchos, pantalón a la cadera, y el corte de Cristiano Ronaldo. Discúlpame, pero es verdad: es mi platónico, y lo sabes. No lo niego, siempre te lo digo, aunque lo odies a muerte, pero tú eres mi presente, y esto, lo hago por ti también. Detrás de esa puerta solo existe una realidad, que quizás sea cruda, pero yo estoy hecho para la adversidad, como cuando escape del centro de niños abandonados donde me dejaron a mi suerte. Entendí que el dolor, el llanto y la incomprensión caminarían a mi lado.

Cierro la puerta atrás mío y doy mis primeros pasos. No es una pasarela, pero me siento como una reina: solo me falta la corona. No mires hacia allá, baja la mirada que vienen dos señoras murmurando. Pasan por mi lado, me miran extrañadas, pero admiran mi cabello. Ya quisieran ustedes lo que a mí me sobra, pienso. Vayan a cocinar y alimenten a sus sacavuelteros. Solo sigue caminando, Tatiana, porque ahora Gustavo, ya no existe.

Unas cuadras más y regreso a mi cuarto a contarle a Isidro. No puede ser. Esos tipos de allí, ¡qué mal aspecto tienen! Voy a pasar sin mirarlos. “Cabro de mierda. Vienes a malograr el barrio. Lárgate de aquí, conchatumare”. Y las risas empiezan otra vez. No hagas caso, no te pongas triste, no lo hagas. “O corres o te lanzo la botella.” Agarré mis zapatos y cruce la pista descalza. El dolor, la realidad, la intolerancia no pueden derribarme. De todos los presentes, cerca a la panadería del señor Lung, donde acaba la avenida, nadie reaccionó. Ni una muestra de comprensión, solo rostros desencajados llenos de dudas pensando antes en el que dirán. Prefieren callar y evitarse malos ratos. Otra vez el odio, otra vez empezar la huida.

Mientras camino de regreso al cuarto, los silbidos burlescos, los improperios de esquina, los cuchicheos, las risitas venían siguiéndome por la avenida. Es difícil, pero no imposible vivir así, Tatiana. No dejes que esos te lastimen: ésta eres tú.
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No puede ser que la gente sea tan mala. Pobre chica. Esa botella pudo cortarle el pie, ¡y esas palabrotas que le dicen! No entiendo por qué nadie dijo nada. Si estuviera mi papá conmigo, le hubiera dicho que la defienda. Algún día se lo diré cuando regrese de su viaje. A veces lo extraño mucho ¿sentirá lo mismo? Seguro su papá tampoco está con ella, y en eso nos parecemos. Pasaré por su costado y le pondré la mejor sonrisa que jamás allá visto y sepa que no está sola, que yo la entiendo, que las personas solo son borregos sin amo: siguen a la manada. Unos pasos más. ¡Oye! tienes un vestido bonito, y tu cabello lacio ¡te queda perfecto! Cuando sea grande, lo tendré justo como el tuyo. Allí tienes mi sonrisa.
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Te vi mirar de lejos lo acontecido, y sentía que querías venir corriendo cuando crucé la avenida.  Ahora, caminas hacia mí con tu andar inquieto y tu rostro sorprendido ¿te burlarás también como ellos, como lo hacen cuando ven un bicho raro? Pero no lo soy. Es mi primera vez siendo yo, la que soy, y quizás no entiendas. No te asustes…. ¿Y ese rostro alegre? ¿Por qué me lo regalas, niña? No te conozco, pero gracias….gracias…..gracias, niña….por ser distinta…como yo. 

domingo, 31 de enero de 2016

El juego no ha acabado



Era tarde, creo, ya era muy tarde. Las aguas se agitaban violentamente, mientras más allá, mi padre conversaba alegre bajo el sol de aquel verano. El viejo nunca se daba por vencido: sonrisas cómplices, mi madre en casa, mujer en bikini. Era solo cuestión de tiempo. Las risas de adultos, los chapoteos infantiles, el olor a coco sobre cuerpos pálidos, escenas de una misma estación que no olvidaré. El pataleo incrementaba, y la conversación entre ellos era demasiado amena para ponerle fin.

Pisé en falso y comencé a caer. El vaivén del agua no causaba alarma, ahora con más violencia. Por dentro, el temor y la tristeza crecían. Todo afuera se mantenía como un cuadro de naturaleza muerta. Alcé la mirada y una luz brillante y blanca permitía apreciar el rostro iluminado de San Pedro, que extendía su mano. El cabello blanco, los bigotes, la barba, la túnica blanca que lo cubría, era igual a la figura de la estampita que utilizo al rezar antes de dormir. Era tarde, creo, ya era muy tarde.

Ni el esfuerzo por sobrevivir, ni las aguas danzantes de la superficie, ni el grito mientras me hundía podían detener el arribo de esa imagen celestial. Dejé de batallar y las lágrimas se perdían en ese tanque empozado; traté de agarrar la cuerda que dividía adultos de niños; miré, por última vez, a mi padre que corría hacia mí. La vista inundada no me dejó ver más.

Escuchaba voces a lo lejos que murmuraban. Una presión en el pecho molestaba mientras trataba de respirar. Toqué la superficie y tenía fin: no era líquida, no era vegetación, no era el fondo, no era el Paraíso. El sol quemaba y el agua dejaba el cuerpo. Nuevamente, percibí el aroma a coco. No estaba afuera, el juego no había acabado para mí todavía. “La próxima, no me sigas al otro lado, sin saber nadar”, dijo ella sonriendo nerviosa. Era tarde, creo, ya era muy tarde.                              

lunes, 28 de septiembre de 2015


Rojo


Me detengo y solo te miro. A dos metros, pareces inalcanzable, pero al cruzar, puedo ver esos ojos achinados, el iris color negro, al igual que tu cabello que combina, ya lo creo, con tu tez blanca. Aquel labial rojo intenso que llevas en esos labios gruesos no hace más que generar angustia por acercarme, pero no. No debo.

Solamente me queda tomar fotos mentales, colocándolas allí, en algún lugar de la memoria, sintiendo la impaciencia por no saber si ir corriendo o salir corriendo. Este exilio no me deja olvidar el movimiento que hacías con la cabeza para asentir que duele la vida que te toca vivir, cuando ya no puedes contener más las lágrimas de sentirte sola….sola….sola. El ronroneo del gato mimado, tu ronroneo, ¿dónde está?

Firmes aparecían tus delgadas piernas, muy juntitas, mientras conversabas en la calle, como si hubieras sido la mejor en la fila del colegio. Nunca había visto tal simetría porque la mayoría solemos pararnos relajados, cansados. Con solo ese detalle, imaginaba, que el lugar de donde venías, todo había sido así: recto, frío, seco, muerto.

Y no te entendí, menos comprenderte porque de donde vengo nunca hubo reglas ni rectitud ni mandatos, ni dolor. La antítesis de tu existencia. Por eso te miro desde lejos, que es lo único que no me puedes quitar, ya que la calle es inmensa y mi ida y venida hacia aquí, constante, casi perpetúa, porque así lo deseo. Tus uñas de ahora, marrones oscuras, señalan que andas preocupada, tal vez los cursos de los últimos ciclos, quizás el no saber si alcanzará para tu almuerzo, porque la alegría era rosada, la diversión, roja, la inquietud de tu ser, azul. ¡Cómo olvidar cuando no quieres olvidar!

Nunca más ese puchero engreído que solía traer carcajadas donde las palabras ya no servían, pero los gestos lo eran todo. Ahora, a kilómetros de ti, bajo del tren y puedo comprender que hiciste lo correcto. Tal vez la luz roja de ese cuarto que me espera alivie mis penas y borre, por treinta minutos o una hora, lo que pudo ser. 



Chapa tu choro

-¿Sabes qué? Ya perdiste, causa, ya perdiste, pe. Dame la billetera, de una vez sino te meto plomo. De una vez, no mires atrás, ni al costado. Pásamela por aquí abajo….. No,no, no….. no te muevas, conchatumare. No te hagas el tercio, causa…. Déjate de huevadas, conmigo, a la firme, nada de huevadas. De una vez, carajo…Que me miras! que me miras!
-Ya esta, bien…tranquilo…solo tengo 100 soles en la billetera, nada más. Pero..tranquilo, pues. Dame mi dni, por lo menos. No te va a servir. Deja que me lo quede, después el tramite es mucho papeleo y…….
-Cállate, huevón. Mira para otro lado….apenas el carro para, zafo….y tú ni me mires, carajo, sino te plomeo. Bajan en la esquina, papi……bajan, aquí atrás…abre la puerta, pe varón.
-Y tu pasaje? No te hagas el loco. El pasaje esta un sol…..ya, paga paga de una vez.
-Pero no tengo pe, papi, a la firme, se consciente. Recién he salido de Luri. Bajo aquí noma…
-Oe, tu pasaje de una vez, no me hagas perder el tiempo. Estoy chambeando. Paga, paga..
-Ratero! Ratero, me ha robado la billetera!
-Todavía vienes a trabajar a la gente. Estas bien huevón, tu ah….. Para el carro, gordo!....hay que bajar a este cojudo.
-No pe, varón. A la firme,es pa mi chibolo, recién ha nacido.  
- Gordo! Ven acá! Hay que ajustar a este payaso…
- Pero quítenle el arma, primero. Está en el bolsillo. Yo solo quiero mi billetera, nada más.
-Ya pues, avancen. Se me hace tarde……Me ensarte con este micro, caracho.


domingo, 27 de enero de 2013

Por una causa más humana



A pocos kilómetros de Lima se encuentra Lurín, balneario famoso por sus playas, chicharrones y por cobijar al primer torero peruano convertido en activista antitaurino y vegetariano que vio la luz en los ojos de su pasión: los toros

Don Ignacio Jamanca López levanta la ceja y mira mi nota de apuntes con ligera sospecha. Medita si en realidad colocaré su nombre en esta crónica que estoy por redactar. El interés por conocer sobre su antigua vida me ha traído hasta este lugar a conocer a aquella persona que fue el primer torero de Lurín y ahora un vegetariano confeso, ferviente opositor a las corridas de toros. 

Desde que se convirtió a vegetariano, Don Ignacio da largas caminatas por su antiguo Lurín. La carne ya no le apetece. Mientras caminamos, me cuenta que su afición por los toros la tuvo cuando con unos amigos de la cuadra fueron a ver torear a un español flacuchento, que llevaba un traje colorido y brillante en el corralón que tenía un empresario dedicado a la crianza de toros de Lidia, que luego eran vendidos para su uso exclusivo en Acho. -Aquél señor era muy gordo, cachetes gruesos. Me decía que yo debía comerme un toro entero para poder subir algunos kilos y eso hice, me comí uno entero y ahora me arrepiento-.

Su figura esmirriada denota que su cuerpo ha dejado de probar el sabor de lo que es un filete de carne de res. -No importa que los vegetales estén acompañados  solo de aliño. Me tiene sin cuidado la carne de cualquier animal. Ya pase esa etapa visceral de mi vida-. Me ofrece un plato de maíz serrano tostado. -Esto es sano, hijo. Aquí en mi hogar nunca más la carne de algún animal- me comenta. Una pequeña casita de adobe con unas cuantas sillas hechas de paja, piso de cemento, paredes blancas, un pequeño televisor encima de su mesa adornan la salita. Solo y sin hijos, don Ignacio vive contento y despreocupado sin remordimientos, feliz de haber cambiado de rumbo a tiempo. Se mira la cicatriz enorme que lleva en el vientre. - Carajo, me lo tengo bien ganado-.

El dolor de una mirada

Aquel día se pintaba como para dos orejas y rabo, todo por la fama y dejar el nombre de su pueblo en lo alto del cartel que presentaba a su hijo predilecto, el Jani, como la gran atracción. Empezó la faena con buen pie, dos, tres giros y este torito se iría de frente a la parrilla. No lo inquietaba nada en lo absoluto, ya tenia el control del animal .Con todas las banderillas dentro de su adversario se prestaba a clavar el estoque, parte final con que se le da muerte al animal. Los aplausos llovían, la sangre en el lomo, los jadeos en su oído, pero algo ocurrió. Miró al animal y vió algo que hasta ahora no olvida. - Ese animal era diferente. Por primera vez miré a un toro en los ojos y esté me impacto, como si quisiera pedir piedad. Dudé al dar la última estocada y me corneó. El resto es historia- dijo aún con el recuerdo en mente. Fue llevado a emergencia. La herida había sido para su suerte no profunda. Pasó unos días en el hospital, pero ya no volvió.- Suerte que me corneó. No sabía cuanto daño estaba causando-. Antes había tenido algunos cortes, golpes, rasguños pero nada como un cuerno incrustado en su estomago para sentir el infierno a sus pies. El dolor perpetrado durante años le había sido devuelto.
Aunque las corridas de toros sean un espectáculo singular y vergonzosamente español, su origen se remonta a los sangrientos juegos romanos y las crueles vejaciones en las que se mataban miles de animales para divertir a un público sediento de sangre y fuertes emociones. En Creta, además del relato de la mitología griega que cuenta las aventuras de Ariadna, hija del rey Minos, y Teseo, que mató al Minotauro, hay constancia de la celebración de juegos en la plaza de Cnossos, en cuyo palacio, conocido por el Laberinto, pueden verse frescos que muestran a hombres y mujeres en escenas de tauromaquia, guiados quizá por los mismos mitos y la ignorancia insensata que permite caracterizar a un pacífico animal como un monstruo o enemigo virtual.
-Muchas han sido las protestas y pocos los oídos que han escuchado y hecho algo en contra de este espectáculo. Esto no puede seguir- sentencia don Ignacio y enfatiza sus palabras, con el mismo aplomo que tuvo al fundir sus antiguas pertenencias  (banderillas ,estoques) de esa vida absurda que llevaba, la de un asesino en traje de lentejuelas.

Llámalo arte, si quieres

Esta actividad es considerada un arte por algunos en cuanto a las distintas expresiones plásticas que se expresan, además de valorar la valentía del matador al enfrentarse al toro. Muchos consideran el toreo una práctica de excesiva crueldad contra los animales. La UNESCO define la tauromaquia como "El terrible y venal arte de torturar y matar animales en público, según unas reglas, desnaturalizando la relación entre hombre y animal. Constituye un desafío a la moral, la educación, la ciencia y la cultura".
-En el fondo es un camal, un circo romano en pleno siglo 21- comenta  mientras mira el horizonte desde la ventana de su hogar oyendo los aplausos, tal vez, que  ovacionaron al primer torero del lugar. -Ahora soy presidente del movimiento antitaurino de Lurín y estoy feliz por eso porque he vuelto a estar en las portadas, pero ahora por una mejor causa. Nunca es tarde de enmendar el camino-.

Pienso y medito que así como él muchos cayeron en la torpeza de ver este espectáculo como arte. Algunos no han abierto los ojos aún, pero ya vendrá el día, don Ignacio, ya vendrá.

lunes, 18 de abril de 2011


La ingeniosa utilidad de las sobras

Su presencia nunca falta en nuestras mesas, sacarle provecho es clave cuando el tiempo es corto y el hambre es grande. Esta es la anécdota y consejos de un modesto aprendiz que hizo de ellas, una mixtura de sabores.

Todo marchaba a pedir de boca. Se relamían los labios, pedían repetición de postre; más tarde, un vasito más de ese Cabernet Sauvignon que me esta tentando, y Mario y Blanca rechinaron copas y celebraron la cena mientras visualizaba mi nueva posición en la revista: jefe de informaciones. No tan pronto, aprendiz, repetía y repetía. Muy rico todo y salud.

– Provecho, y espero puedan venir otra vez-. - Nos vemos mañana, David. Te defiendes en la cocina, compadre. Te felicito. Ya sabes, si te quedas sin chamba, hay tienes un as bajo la manga -, rieron los dos. Un abrazo con olor a enrollado de pavo despidió a ambos. Bajamos las escaleras. Dos invitaciones más y el ascenso estará cocinado, pensaba mientras los veía perderse en su Volswagen Beetle plateado sin saber que lo peor me esperaba allá arriba.

Platos con crema blanca, copas teñidas de ese tinto embriagador, porciones generosas de tallarines por aquí y por allá, pedazos de enrollado que no se pudo acabar adornaban ahora la cocina, sin contar las porciones de selva negra que aún quedaban para meterle diente, las masitas de wantanes por preparar y la espinaca que nunca utilicé en la ensalada. Comida hay, pensé de eso no me preocupo, pero ¿cómo sacarle provecho a éstas sobras deliciosas?

Había que transformarlas, reinventarlas y engañar al ojo con una vestimenta apropiada y un poco de imaginación. Al terminar de lavar los platos, eché a volar mi mente. Déjenme contarles de cómo saqué el jugo al refrigerador para cinco días

Día uno: si tienes unos perfectos tallarines que te sobraron y te salieron al dente y aún sirven para el diente, mi consejo es mezclarlos con una barrita de mantequilla, queso y un poco de orégano, unas tiritas de queso y jamón, si es que el bolsillo lo permite, y tendrás el almuerzo del lunes. Unos sabrosos tallarines con mantequilla, estilo casero.

Día dos: si aquel atado de espinaca verdosa no pudo convertirse en ensalada, pues transformémoslas en unas suculentas torrejitas agregando una cebolla y un tomate que nunca faltan en casa; acompañémoslas con un arrocito graneado y con lo restante hagamos nuestra ensalada, y tenemos el plato del día martes. Ni Popeye se resistiría.

Día tres: le toca el turno a los pedazos de carne que éste enrollado dejó. Una buena idea es picarlo en cuadraditos y con la ayuda de unos tallos de cebollita china, un huevo, un puñado de arroz y un chorrito de sillau podríamos crear nuestro propio arroz chaufa. Te encantará.

Día cuatro: imitando aquel sabroso enrollado de pavo que nos quedó, probemos hacer el nuestro con las masitas de wantan y la carne sobrante del enrollado, y sino sobró, cien gramos de carne molida pueden ser el relleno perfecto al freírlos en aceite bien caliente previamente sazonados con sal y pimienta. Ponga usted a freír esa papitas cocktail que quedaron de la cena del domingo ya que acompañando los enrollados quedarán esplendidos en su boca. Pique un poquito de perejil y adorne. Un poco de calorías no hace daño en este crudo invierno.

Día cinco: engríase con un millkshake de selva negra. Si no lo ha hecho, vaya ahora mismo a cortar en pedazos esas porciones, agregue leche a discreción, unas gotitas de vainilla y hielo picado. Licuar a velocidades intermedias para que quede espumoso y sirva en un vaso alto para impresionar. El tamaño importa.

El trabajo es extenuante pero gratificante al fin. Las comidas no son mi fuerte pero el empeño que le puse hizo su parte y ahora, como jefe de informaciones de este diario, creo que realmente debo seguir algunos cursos de cocina. Creo que me defiendo. Por lo pronto, ese arroz blanco y esos frijoles canarios que están en mi cocina combinarían a la perfección como tacu tacu con una milanesa de acompañamiento. ¿Deseas probar?